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Lima, 14/10/07, (Noticias Eclesiales).- Reforzar la identidad de los católicos en América Latina para ser auténticos «discípulos y misioneros» de Jesucristo fue la invitación realizada ayer por D. Luis Fernando Figari, fundador de la Familia Sodálite, al ofrecer la primera conferencia en el Segundo Congreso Nacional Misionero que se está realizando en la Arquidiócesis de Lima. El encuentro, que concluyó el día de hoy, fue inaugurado en la capital peruana por el Arzobispo de Lima, Cardenal Juan Luis Cipriani.
Bajo el título «El Cristiano: Discípulo y Misionero de Cristo» el fundador de diversas asociaciones eclesiales ofreció importantes orientaciones para alentar en tierras latinoamericanas una nueva evangelización que implique una vida cristiana comprometida y coherente. Entre sus reflexiones, que contaron con frecuentes referencias a los mensajes de S.S. Benedicto XVI en su primera visita como pontífice a América Latina así como a las Conclusiones de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Aparecida, en la que participó como miembro invitado por el Santo Padre, L.F. Figari destacó la importancia de fortalecer la identidad cristiana de los fieles, más aún en un tiempo en el que está «siendo atacada de mil y una formas, debilitando la adhesión a la fe y las manifestaciones cotidianas, en la vida diaria, así como socio-culturales, de esa adhesión a la fe de la Iglesia». Reflexionando sobre la importancia de ser discípulos y misioneros, afirmó que «desde un corazón de discípulos de Jesús» es necesario llevar «por medio de un compromiso misional y apostólico a Cristo» para que las personas «tengan en Él vida, en un proceso humilde y sin triunfalismos, donde seamos todos conscientes de ser ‘evangelizadores permanentemente evangelizados». «De ese proceso fundado en el realismo evangélico —que va a lo realmente central, libre de todo fárrago de ideologías o presunciones del ‘hombre viejo’—, se pasa al realismo de las consecuencias que en el ámbito temporal tiene el seguir al Señor Jesús, del que brota el ansia de construir un mundo mejor, más justo, fraterno, pacífico y reconciliado, es decir un mundo según el Plan de Dios, proyecto al que cada uno según su vocación debe comprometerse», señaló. Más adelante afirmó que, entre otras cosas, «el llamado a tomar en serio la urgencia de la nueva evangelización reclama que se recupere la conciencia de lo que realmente es el Bautismo y lo que implica como cambio real interior para la persona que lo recibe, haciéndola ingresar al proceso vital de ser discípulos misioneros». Al respecto, resaltó que «esta misión de la Iglesia de anunciar el Evangelio cae primero sobre el discípulo que requiere ser evangelizado». «Precisamente, continuó, dado que el discípulo debe evangelizar desde la fe recibida y su experiencia personal de su encuentro con el Señor Jesús, desde su experiencia de evangelizado, al estar esto débil, la secuencia del proceso evangelizador y misionero se debilita y flaquea. Hoy vemos las consecuencias de ello». El fundador de la Familia Sodálite trató luego sobre la misión de la Iglesia, tanto la misión «ad gentes», «con el anhelo de que el anuncio de Cristo llegue a todo el mundo y sea reconocido como Dios y Señor», como la misión «ad intra Ecclesiae», «es decir dentro del mismo Pueblo de Dios», destacando la importancia de esta última en el hoy de la Iglesia, «sin olvidar la preocupación por la misión de la Iglesia universal». «El proceso de secularismo y todos sus acompañantes han seguido y hoy los obispos nos hablan de la Gran Misión Continental. Es decir convocan a misionar en nuestras propias tierras bendecidas por la simiente de la evangelización constituyente, como la llamó Puebla». «Vivimos tiempos de urgencia, tiempos de acción en los que el compromiso efectivo no se puede hacer esperar. La misión que anuncia el Evangelio del Señor Jesús es una tarea que debe asumir su rol prioritario en la vida de cada cual. Perder de vista esa dimensión fundamental del apostolado es arriesgar perder de vista la meta a la que nos sentimos llamados, la participación plena en la Comunión de Amor por toda la eternidad», agregó. Al concluir puso como ejemplo a Santa María, «discípula y misionera por excelencia», quien «nos ilumina sobre cómo hemos de vivir esas dimensiones fundamentales de la vida cristiana en nuestra realidad concreta». Recordando la visitación de Santa María a su prima Isabel afirmó que en ese pasaje la Madre de Dios nos muestra «el proceso del discipulado, ésa es la dinámica de la misión: acoger, interiorizar al Señor, dejar que su Vida se exprese en toda nuestra vida, permitir que irradie su luz y su calor a los demás, y ser nosotros dóciles cooperadores de esa irradiación evangelizadora. La obediencia amorosa al Plan divino de María Virgen es la clave del discipulado misionero».
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