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En el Asilo San Lucas, la alegría de la tercera edad Imprimir E-Mail

—¿Cómo es tu vida aquí?
—Esto es como un paraíso.
—¿Ah, sí?
—Yo lo encuentro así, lo tomo así y es así porque tenemos lo mejor. Yo nací con la letra A de Amor a Dios sobre todas las cosas, amor a la vida, amor al prójimo. Dios nos enseñó eso y eso hay que llevarlo siempre. Amar, amar y amar. ¡Qué lindo es amar! (Ríe).

Nos ha dicho que se llama Clorinda Garay Soto y tiene 65 años. Presentimos que tiene más. Luego sabremos que nació en 1924 (cuando Tacna aún no se reincorporaba al Perú) y en realidad tiene 83 años. Pero si ella hoy quiere tener 65, así será.

Le gusta cantar y nos advierte que canta de todo, pero especialmente canciones italianas.

—¿Quieres que te cante? ¿Tienes mamá viva?
—Sí pero está un poco lejos.
—Lo importante es que la tienes:

«Mamma, son tanto felice
Perche' ritorno da te
La mia canzone te dice
Ch'e' il piu' bel giorno per me!
Mamma, son tanto felice
Viver lontano, perche'?»

La memoria no le ayuda mucho con la letra de la canción, pero nada borrará el recuerdo de su madre. «Ha sido una mujer amorosa, y muy recta en las cosas». Lo dice con algo de alegría y tristeza, quizá porque ella, que «adora a los niños», nunca pudo tener hijos.

Clorinda trata de que cada mañana la acompañe un recuerdo feliz. Ese es el secreto de su alegría. Cómo hoy, por ejemplo, que repasaba los nombres de sus seis hermanos, de los cuales solo uno está vivo. O reviviendo los días cuando viajaba en tranvía hasta Miraflores.

—Y es que Lima, en esos años, no era tan convulsionada como hoy. Iba a la playa. Hasta ahora, de vieja, me encanta salir. Me encanta. Pero no puedo volar. Tengo alas, pero no las puedo agitar.

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Antes del desayuno, ella ya estaba arreglada. Una blusa roja que no se avergüenza del paso de los años. Una falda oscura con puntos blancos. Pulsera y anillo «de fantasía nomás» en la mano izquierda. Una cinta multicolor que sujeta sus cabellos blancos. Y collar y colorete en los labios.

Hoy quizá hayas recordado los años en que trabajabas en el Hospital del Niño y donde aprendiste a diferenciar linfocitos, monocitos y leucocitos. Así te convertiste en una técnica en laboratorio que siempre iba «contenta de trabajar por los niños».

Fueron los años en que conociste al que sería tu esposo. ¿Cómo se llamaba? Ángelo de Luca y era italiano. (Ya comprendo por qué te gusta la música italiana). Fue una tarde y estabas con pantaloncito beige, blusita y guitarra. Acababas de comprar cuatro empanadas caldúas, esas que sabía traer el chileno. Cuadradas y sabrosas. Tú, ¿quiere comer algo? Y él, cómo no.

De luna de miel, a conocer Ayacucho. Fueron días hermosos e inolvidables. Ibas a llegar hasta Cusco, pero la corazonada, el mal presentimiento. Te despertaste llorando, agitada, el corazón galopando, la angustia en el estómago. ¿Por qué lloras Coquita? Mi mamá está mal.

La mamá Juana había fallecido.

La vida está hecha de alegría y dolor en partes iguales. Eso lo aprendiste desde temprano en la vida. Tu padre, capataz de una hacienda de caña de azúcar en Casagrande en Trujillo, murió cuando apenas tenías año y medio. Pero a cambio, Dios te dio el mejor de los padrastros, Manuel Bobadilla, un armador de calzado.

Esas vivencias te han hecho fuerte. En la enfermedad has encontrado una mano que te levanta, en el dolor has descubierto nuevos amigos, en la soledad te has refugiado en Dios, en la muerte (de tu padre, de tu madre, de tus hermanos, de tu esposo) siempre se ha abierto ante ti una nueva puerta de esperanza.

Poco a poco te fuiste quedando sola. Sufriste un accidente y ya no podrías volver a caminar hasta después de mucho tiempo. ¿Quién te atendería? ¿Un plato de comida? ¿Un vaso de agua? ¿Cómo pagar los médicos? ¿Y las medicinas? ¿Las noches eran una pesadilla? Miedo. Soledad. Sufrimiento. Así llegaste a Comas, a un cuartito, con dos amigas y un señor «que paraba borracho» y te asustaba. De allí te rescató Carmencita. ¿Quién es Carmencita? Es una especie de ángel de la guarda que vela día y noche por el bienestar de los abuelitos y abuelitas de este albergue.

Son muchos recuerdos para un solo día. Pero los has repasado porque te dan vida y te provocan serenidad y alegría. Y entonces nos recibes de pie, menuda y vivaz. Tu presencia resalta como un punto de luz a mitad de un comedor lleno de cabellos blancos. Son ancianitas que van vestidas de blanco, de negro, o de verde. Pero tú prefieres ir de rojo por la vida y llevar esa sonrisa irresistible.

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Carmen Solís es una de las personas que administra el Albergue San Lucas, un asilo donde hoy viven 34 ancianos. 13 mujeres y 21 varones. Fue puesto en funcionamiento desde 1993 por la asociación Solidaridad en Marcha (SEM). SEM es una institución dedicada a la promoción humana integral, que se encarga de las obras solidarias del Movimiento de Vida Cristiana.

El albergue está ubicado en la provincia constitucional del Callao (Perú). En la calle Moquegua. A tres cuadras de los llamados «Barracones». En Perú el nombre «Barracones del Callao» le provoca a cualquiera la idea de delincuencia, alcoholismo y drogadicción. Chavetas, violencia y muerte. Hacinamiento, enfermedad, abandono, hambre. Allí, donde la vida vale poco más que nada, a tres cuadras nomás. Allí mismo ha entrado Solidaridad en Marcha con Carmencita, encarnando una versión limeña de ángel de la guarda, a rescatar de la miseria y la muerte a algún anciano.

Además de los médicos, enfermeras, sacerdotes y voluntarios, son nueve las personas, en su mayoría técnicas de enfermería, que atienden permanentemente, y con mucho cariño, a los abuelitos. Entre ellas está Rita, la señora que cocina y sube a rezar el Rosario con sus viejecitos y también les habla de la vida eterna y del consuelo de Dios. A las técnicas las han asaltado en la puerta misma del albergue. Pero eso ya no importa, cada anciano hace que el riesgo y el cansancio valgan la pena. Ancianos como Pablo que está aquí once años. O como Melisa, una de las más antiguas, que vive acá hace catorce.

—Esta no es mi casa, es la casa de los abuelitos. Ellos nos dan la oportunidad de servirlos. Esa es nuestra labor, hacerles comprender que ésta es una casa de esperanza y ya nunca más van a vivir abandonados o comiendo de la calle —lo dice Carmen Solís con honda satisfacción.

Y añade: «Ellos me han enseñado a amar más al prójimo». Pero lo que más gratificación le provoca es «cuando hacemos que los abuelitos y las abuelitas se entreguen más profundamente al Señor».

—Ustedes son como el Señor mismo —les habla en voz alta—, y nosotros tenemos que atenderlos como el Señor nos pide.

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Es una construcción de tres pisos con amplios ventanales. Se nota grande por dentro. Fue acondicionada para ancianos indigentes o abandonados. Se les brinda, entre otras cosas, un lugar donde vivir, atención completa en su alimentación y revisión médica dos veces por semana. Reciben un cercano y cálido acompañamiento y la asesoría espiritual necesaria en esta última etapa de sus vidas.

El personal realiza su trabajo con mucha fe, amor y alegría. Además, como un servicio complementario, dentro del albergue se ha implementado un Centro de Rehabilitación Geriátrica con el objetivo de tener las instalaciones, los equipos y el personal necesario para cuidar del estado físico de los abuelitos.

Este albergue es la escena del buen samaritano reproducida en una calle pobre de Lima. En sus habitaciones uno casi puede ver la imagen del Señor Jesús sanando al leproso y haciendo ver al ciego. Y si se escucha con el corazón, cualquiera podrá oír: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos… Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados… Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia… Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios».

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—Qué maravilloso es el amor. Yo brindo mi corazón a mis amigas, mis hermanas, mis ancianos. Algunos están malitos de salud. Han fallecido dos hace poco, Pablo y Rosita. Da pena, no ha venido nadies a verlos. A mí me quedan pocos parientes. Ya la familia se va yendo pues —explica con resignación Clorinda.

Además de cantar a ella le gusta la costura.

—Ahora me han traído una sábana que está rota. Pero les digo: ni ahora, ni mañana, porque estoy ocupada. Bueno, pues, me dicen, cuando puedas. No me van a decir ahorita, porque tengo varias cosas que escribir, tengo poemas listos. Tengo la inspiración de escribir. ¿Quieres que te lea uno?

De pronto, el murmullo de un canto empieza a acompañarnos: «(…) en silencio una voz repetía, más que tú solo Dios, solo Dios». Es medio día. Los ancianos han rezado el Ángelus en el comedor, frente a una imagen de la Virgen Inmaculada Dolorosa. Ahora cantan.

—Acá tenemos doctora, tenemos doctor. Vienen también psicólogas. Conversan conmigo. A todas mis compañeras las quiero. Acá me siento contenta, feliz. Ésta es mi casa.

El acompañamiento espiritual y la asistencia sacramental en este asilo están a cargo de sacerdotes sodálites.

—También viene el padrecito, el Padre Alberto. Reza y nos da la Comunión. Ya nos conoce. Tenemos todo acá, sobre todo amor.

Este albergue es frecuentado por muchos jóvenes voluntarios del MVC. Ellos vienen a acompañar a los ancianos. Conversan. Rezan. Ríen. Los asean. Les dan de comer. Se encariñan con ellos.

Casi en secreto, Clorinda nos cuenta sobre sus amigos emevecistas: «Me traen unos chocolatitos. Siempre son amorosos».

Ella intuye que debemos despedirnos y por eso nos repite: «Para mí, este albergue es un paraíso». Se levanta y señala sus estampitas sobre la cabecera de la cama. Por allí asoman también unas rosas rojas de plástico y más arriba un cuadro grande de la Virgen María, que la mira, le sonríe con ternura, y todos los días la cuida.

«Y hasta Dios complacido te ve».


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