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Testimonio del P. Enrique Granados en la JMJ Imprimir E-Mail

«Hablábamos el mismo idioma: el de la fe»

P. Enrique Granados, Sacerdote Sodálite
Santiago de Guayaquil (Ecuador)

Quisiera compartirles la alegría de lo que hemos vivido en la XX Jornada Mundial de la Juventud (JMJ). Las bendiciones se han hecho presentes en todo momento y la gracia abundante que Dios derrama siempre sobre nosotros, ha sido acogida por los jóvenes participantes de esta Jornada y la cual, estoy seguro, dará más frutos de los que nosotros somos capaces de ver.

Durante estos días hemos podido ver la apertura y disposición de los jóvenes a ser interpelados por el Evangelio y su deseo de adherirse fielmente a su enseñanza, y ver como una verdadera alegría inundaba su corazón.

El ver mares de jóvenes de diferentes países frente al  Señor en el Santísimo Sacramento, la disposición que tenían para escuchar la voz de los Pastores en las catequesis, la búsqueda del sacramento de la Reconciliación, el deseo de aprovechar esta oportunidad para ganar indulgencia plenaria, nos mostraban de manera clara que había en ellos un deseo profundo de encontrarse con el Señor Jesús,  no sólo la alegría y  algarabía propia de su edad, sino también la actitud de recogimiento y oración profunda.

A cada momento  las palabras del Evangelio que fueron el lema de esta Jornada se hacían vida: “Hemos venido a adorarle” (M t 2,2).  Los jóvenes que han venido a adorar al Señor siguiendo, ya no esa estrella que guió a los magos de oriente, sino la luz de Cristo, manifestada en la invitación del Santo Padre, inundaban las calles de Colonia.
En ellos se veía el deseo de encontrarse con el Vicario de Cristo, de escuchar su voz, de reafirmar su opción por el Señor Jesús como el camino para la verdadera felicidad. Deseo que el Santo Padre, con esa fineza que lo caracteriza, supo percibir en los jóvenes:

«Queridos jóvenes, la felicidad que buscáis, la felicidad que tenéis derecho de saborear, tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret, oculto en la Eucaristía. Sólo Él da plenitud de vida a la humanidad.»

Me pidieron que sirviera como capellán durante estos intensos días a la delegación de la Familia Sodálite. Llegamos a Alemania el día 13 de agosto. Estuvimos hospedados en Wuppertal, una ciudad que está a unos 40 minutos de Colonia en tren. Desde que llegamos fuimos muy bien acogidos y recibidos con mucho cariño por nuestros hermanos de la Parroquia San Juan Bautista. Los primeros días ya podíamos ver que eran muchos los jóvenes que venían a participar de la JMJ, pero conforme avanzaban los días las calles de Colonia y las ciudades aledañas que albergaban a los peregrinos se llenaban de jóvenes de distintos lugares del mundo. La fraternidad, y la comunión eclesial se respiraban en las calles por donde andábamos, en los trenes, en el metro, en las iglesias.

Al caminar nos encontrábamos con personas de diferentes países e inmediatamente entablábamos diálogos en los cuales compartíamos nuestra fe.  Era evidente que hablábamos el mismo idioma pues lo que nos traía hasta aquí era el amor a Jesucristo y no existen barreras para compartir esta  fe. La confianza y fraternidad, la hermandad, la unidad era lo que caracterizaba esta Jornada Mundial,  donde todos estábamos deseosos de escuchar al otro de conocer su experiencia de vida cristiana, que los habia motivado a venir.

En uno de los viajes en tren de Wuppertal a Colonia, pude conversar con un joven norteamericano con el cual entablamos un diálogo muy fluido y nos contó que el fabricaba rosarios y que fue con su venta y con la ayuda de personas de su parroquia que pudo venir a esta JMJ. Incluso nos contó que estaba en proceso de discernimiento y que descubría inclinaciones a la vida sacerdotal y tenía su corazón abierto a lo que Dios le pidiera.

Diálogos como éste no eran extraños y lo único que hacían era evidenciarme que los jóvenes acudieron a encontrarse con el Señor y a descubrir cual es el Plan de Dios para sus vidas. La alegría se desbordaba en toda la ciudad, llegamos a una Colonia inundada, de un espíritu joven, entusiasta, alegre; los cantos y vivas al Papa se hacían cada vez más comunes y connaturales. Pero todo esto sería sólo el preámbulo, de lo que sucedió cuando el Santo Padre llegó a Colonia. Toda la ciudad explotó de alegría y entusiasmo al verlo, al escuchar su voz y la invitación que nos hacia a centrar nuestra vida en Cristo. 

Llegamos en  tren y no podíamos creer lo que veíamos. Las orillas del Rhin estaban inundadas de gente, niños, jóvenes, adultos. Todos querían ver al Santo Padre; todos esperamos pacientemente, con cantos, con vivas al Papa, manifestando nuestro amor a la Iglesia.  Nosotros avanzamos un poco y pudimos ver la embarcación en la cual estaba el Santo Padre así como otra del continente americano donde estaban algunos jóvenes con trajes típicos de los diferentes países de América. Este primer encuentro con el Santo Padre si bien fue muy rápido nos alegró muchísimo.

El día de la Vigilia con el Santo Padre y la Misa de clausura se realizaron en Marienfeld  (“Campo de María”). Desde la estación del tren hasta el campo eran unos 6 kilómetros, y una vez más un mar de gente era el que se movilizaba con entusiasmo y alegría, cantando, rezando, conversando. Así nos detuvimos varias veces para saludar a las delegaciones de los diferentes países. Otros veían nuestras banderas y también nos saludaban aplaudiendo o gritando alguna barra. Era una gran unidad y fraternidad la que se vivía.  Nos fuimos preparando para el encuentro con el Santo Padre, algunos cantaban, otros rezábamos el Rosario pidiéndole al Señor que nos ayude a abrir nuestros corazones, otros aprovechaban para conversar y compartir lo que había sido hasta este momento su experiencia de fe y encuentro con el Señor Jesús, otros buscaban el sacramento de la Reconciliación o a Cristo en el Santísimo Sacramento, pues se había acondicionado una capilla donde el Santísimo estaba expuesto.

Es así que cuando llegó el Santo Padre para rezar Vísperas y exponer el Santísimo los corazones estaban bien dispuestos, algunos pudimos estar muy cerca de El y compartir este momento intenso de oración con quien es el Vicario de Cristo en la tierra. Uno de los jóvenes me comentaba que le parecía increíble estar ahí sentado tan cerca del Santo Padre.

Las palabras del Santo Padre, de manera especial la invitación a trabajar por la santidad, dicha providencialmente en castellano, nos emocionó particularmente: “Los santos son los verdaderos revolucionarios del mundo”.

La Eucaristía fue otro momento muy intenso, en medio de más de un millón de jóvenes, 8,200 sacerdotes con celebrantes, y 800 obispos vivimos este momento culmen que es el encuentro con Cristo en la Eucaristía. El silencio y el recogimiento se vivían en este inmenso campo de María.

No hay duda que estos días en Colonia han sido sumamente especiales, todos nos hemos visto renovados en nuestra fe, amor a la Iglesia, en nuestra opción por Cristo y en el esfuerzo por trabajar por la santidad.

Ahora queda el encargo recibido de llevar a otros lo que hemos descubierto, muchos de los jóvenes con los que tuve oportunidad de conversar me contaban que deseaban poder transmitirle a otros todo lo que ellos han vivido aquí. Incluso algunos con los que he hablado ya han puesto por obra esta misión apostólica encomendada por Dios.

Ver también:
Testimonio de Axel Alt en la JMJ
Entrevista a Fabio Santos, aspirante al SCV
Entrevista a Adriana de Piérola, participante en la JMJ
Más fotos de la JMJ

Noticias Sodálites - Santiago de Guayaquil, 15/09/05 


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